Derribo

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
que aparecen
envueltos en niebla.

En esos momentos,
viajo al pasado subida en la memoria.
Consciente. Plena.

Allí todavía lloro por lo que se fue,
lo que no pudo ser,
lo que se fracturó
y me hizo añicos.
En cada lágrima,
allí, pero ahora,
no se me escapa la vida,
no me ahoga mi propia piel,
no me siento presa de la realidad.

Sí, lloro.
Y brotan los restos,
las reliquias,
la sombra de los recuerdos.
Porque cuando no queda nada
aún permanece algo.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
de terremotos emocionales.

Y al mirar atrás,
al recorrer los lugares
donde lo que fue ha sido devastado,
vuelve a temblarme
el suelo bajo los pies.
Aunque al llegar al precipicio,
doy un paso al presente
y hago camino hacia mí misma
sin caer en el vacío.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Huidiza, solitaria, rota.
Me encuentro a la intemperie
con lo puesto
y el mundo me ha helado.

Pero es solo el frío del invierno que se aproxima.

Ahí será

Cuando la vida parezca un rompecabezas.
Y la esperanza una utopía lejana.
Ahí será.

Cuando la soledad abandone.
Y no sea posible más vacío.
Ahí será.

Cuando el mundo se convierta en desierto.
Y los oasis no den tregua.
Ahí será.

Cuando el invierno devore al verano.
Y existan solo los domingos por la tarde.
Ahí será.

Cuando el pasado se haga presente.
Y recuerde todas sus ruinas.
Ahí será.

Cuando la piel se muestre sedienta.
Y se hayan secado todos los manantiales.
Ahí será.

Cuando los labios se agrieten de frío.
Y los besos que ardían se derritan.
Ahí será.

Cuando el cuerpo estorbe.
Y el corazón sobre.
Ahí será.

Cuando las palabras rompan.
Y los silencios hagan ruido.
Ahí, comenzará la poesía.

Soledad urbana

Vuelve a hacerse de noche demasiado pronto.
A horas que no le corresponde.
Entonces el silencio cae sobre ella.
Un silencio que retumba
y recuerda a un pasado cercano
que creíamos superado.

A veces, a lo lejos, el motor de un coche
me devuelve al instante actual,
a la vida anormal llena de normas.
Observo los edificios:
las persianas bajadas,
las ventanas cerradas,
metáfora de la huida de la realidad
que todos necesitamos.

Otra vez el refugio entre cuatro paredes,
la tarea de acomodarse a la propia piel,
la memoria como compañera de piso,
el susurro de pensamientos que atormentan,
la pregunta, futura, de cómo será cuando todo vuelva a ser.

Como colofón, esta existencia rara, haciéndose costumbre
en unos días que no reconocemos.
Ni nos reconocen.
Y en un mundo que no hubiésemos querido conocer.

Viento

Efímeras, temporales,
infinitas, inconmensurables,
versátiles, inconstantes,
esporádicas, variables,
inalcanzables, lejanas,
próximas, inmediatas,
voladoras, viajeras,
eternas, duraderas,
traidoras, rebeldes,
leales, incondicionales,
trágicas, insignificantes,
vivas, importantes,
libres, independientes,
prisioneras, cautivas.

Vulnerables en la tormenta,
inquebrantables en la calma,
un sueño en el aire,
una realidad en el calendario.

Así.
Como las nubes en una mirada
son a veces, casi siempre,
las palabras en los labios.

Y a las dos
se las lleva el viento.

Noviembre

Noviembre llega envuelto en un tiempo cálido.
Pero es una trampa.
Los días que vendrán serán inciertos.
Y a mí la inquietud siempre me provocó
un escalofrío atravesador por el cuerpo.

Las ideas en mi cabeza se acomodan
para un invierno al que aún no le toca estar;
los huesos duelen pensando en el frío, conocido, que busca ya las orillas de la piel.

No habrá sol que me salve de la tristeza,
de la soledad, del hastío,…
de todas esas sensaciones indeseables
que se han apuntado como invitadas
a mi fiesta cuando no eran bien recibidas.

Acostumbrada a los abismos,
no consigo habituarme a la fragilidad de esta vida envuelta en niebla,
donde ya nada es como era,
ni se le parece,
ni se me antoja.

Noviembre es una trampa.
Y en este punto del juego,
yo ya no sé cómo ganar la partida.