Tiempos

Hoy el reloj juega con nosotros a la realidad imposible.
Nos quiere hacer creer que todo es distinto.
Pero nada ha cambiado.
Es otro domingo al que le pesa la memoria.


En el silencio de la madrugada
ha vuelto a sonar tu recuerdo.
Aquello que fue,
sin nombre y, al final, casi sin palabras,
ha traído a mi almohada un insomnio insoportable.
Se ha deslizado por mis sábanas el invierno
y me ha dejado un iceberg por corazón.
He temblado de frío.
De camino a mis mejillas se me helaron las lágrimas.
Mi labios no han podido saciar las ganas de beberse esta tristeza.
He temblado de nuevo. Otra vez frío.


Y miedo.


Ya no sé si habrá olvido que pueda contigo.
Tampoco si habrá presente que me deje ser.
Conmigo.
Ahora.
Porque cuando había conseguido equilibrar mis latidos,
ajustar el pulso a mis pasos,
soportar el avance de los tic tac,
han regresado las horas que tantas veces me destrozaron.
Las mismas; exactas a las del pasado.
Y es que aquí,
donde nada se ha transformado,
el caos también es el de entonces.
O, al menos, se le parece.

Donde habita el recuerdo

Canta Sabina:
“Y la vida siguió,
como siguen las cosas que no tienen mucho sentido”.

Y seguirá.

Con tu infinita sonrisa tatuada en la memoria como si fuese la arena de la playa de Barbate pegada a la piel.

Con la luz de tus ojos,
tan espléndida como la de un sábado a mediodía de tantos como compartimos.

Con tu conversación agradable y las historias contadas convirtiendo a las palabras en consuelo y alegría.

Con tu cariño como un regalo que no sabremos nunca a quién pagarle y cómo agradecérselo.

Con tu emoción entregada al leer un verso o escuchar una canción.

Con tu valentía asustando al miedo.

Con tu generosidad sin preguntas.

Con tus ganas de disfrutar sin esperar respuestas.

Con tu amistad, tan inmensa, que siempre hacías familia a tu alrededor.

Con tu amor sin condiciones a los tuyos, llenándolo todo. Siempre.

Contigo nunca habrá lugar para el olvido.

Por eso estarás donde habita el recuerdo.

Y allí seguiremos yendo a buscarte.

Puntos suspensivos

Un octubre de temperaturas apacibles.
Un domingo de lluvia.
El último libro de una trilogía.
La canción preferida en un concierto.
La última copa en una reunión de amigos.
Un atardecer en la playa.
Un paseo en buena compañía.
Una noche de luna llena.
Otra noche, a tu lado.
Un abrazo.
Una sonrisa.
Las palabras.
La vida.

Hay cosas que no nos gustarían que acabasen.

Por eso tú y yo somos puntos suspensivos,
porque no queremos terminarnos…

La poesía


I
La poesía salva el mundo.
En eso es como el amor.
Será porque las dos acarician los sentimientos.
Escucho poesía.
Leo poesía.
Escribo poesía.
Y dejo de sentirme sola
aunque no haya nadie al otro lado del sofá.
Me sujeto a los libros,
oxígeno cuando el tiempo se convierte en realidad
y se expone ante mis ojos la vulnerabilidad de nuestros días.
Cada título es una orilla en la que me siento a esperar el verano.
O un precipicio desde donde, a pesar del vértigo,
se tienen las mejores vistas.
Después me dejo caer por los versos
con la misma ilusión por la que me deslizaba por un tobogán cuando era niña.
Pero también con el corazón en la garganta
porque sé que, en cualquier momento,
ese texto que tengo entre mis manos,
que se cuela en mis oídos
o se garabatea con mi caligrafía
puede terminar hablando de mí, de mi propia vida.
Y eso, a veces, asusta.
 
 
II
La poesía es un viaje.
He sacado a pasear los poemas del pasado
y los estoy reescribiendo.
Porque allí todavía duelen, pero aquí son otra cosa:
la posibilidad de hacer de cristales rotos un jarrón con flores.
Otros, en cambio, habitan en páginas afiladas,
capaces de herir sobre la herida abierta:
la posibilidad de caer al abismo desde un balcón a poca altura.
 
III
La poesía es la oportunidad de hablar de ti sin nombrarte.
Aunque sepas que,
cuando mis versos se presentan en forma de dardo,
eres el centro de mi diana.
Aún así me lo perdonas
porque siempre entendiste la rebeldía oculta de mis significados,
y que escribir es mi manera de hacer la revolución,
y de apagar los incendios de recuerdos,
y de curarme el olvido que opone resistencia.
 
IV
La poesía es la forma más difícil de desnudarse.
La ropa no oprime tanto como las palabras,
que fluyen vistiéndose de inspiración,
de una magia aterradora que abandona y acompaña,
para decirte que esto que nunca rima,
no es más que una revelación a destiempo,
la verdad en fuera de juego,
lo que mi boca calló cuando tenía que gritar,
la esperanza desvaneciéndose en un cristal,
empañando de nostalgia a quién se refleja en él.
La poesía desnuda, sí,
pero, a veces, te desgarra los sentimientos a jirones
y te deja deshecha.
 
V
La poesía es hoy, y siempre, mi manera de sobrevivir.
Y sobrevivirme.

Montaña rusa

Una amiga ha dado en el clavo hoy:
montaña rusa.
En ella vivimos desde hace semanas.
Las emociones a flor de piel
y el carácter irascible.
Ajustándonos el ánimo
como quien sintoniza una emisora
para no llorar,
para no gritar,
para no perder las ganas,
para mantener la ilusión.
¡Qué difícil es habitar en esta coraza de piel,
soportar la soledad,
comprender el silencio,
querernos a nosotros mismos,
cuando se confunde lo que éramos, lo que somos, lo que seremos!

Seguiremos ahogando la frustración
mientras nos sujetamos a la imaginación,
a la memoria, a los deseos…
para mantenernos a flote.