Tal vez, ya

Pintura de Manolo Maroto

Se termina el paseo despreocupado por los días de ilusión.
Me queda, sin embargo, continuar caminando por la realidad.
No habrá sendero de baldosas amarillas lleno de enigmas y sorpresas.
O, tal vez, sí.
Los sueños se empeñarán en dar más de una vuelta por la misma rotonda.
O, tal vez, ya no.
Tendrán que volver a hacer un stop las emociones y sentimientos.
Tal vez. Sí.
El semáforo podrá ponerse en rojo justo cuando esté dispuesta a pisar los charcos sin miedo a mojarme los zapatos.
Tal vez. Ya. No.

Podrá ser todo. O, tal vez, no. Pero algo será. Porque ahora huyo del vacío de la nada.

Será.
Ya sí.
Solo me quedará descubrirlo andando las aceras de mi existencia,
disfrutando, experimentando, sintiendo
los hallazgos que encuentre
al girar las esquinas,
al subir las calles,
al asomarme a precipicios,
al abrir ventanas conocidas,
al cruzar puertas nuevas,
al observar cuando mis pies quieran parar, frenar, descansar…
O, tal vez, cuando mis pasos entiendan que han llegado a su destino.

Vivir.
Tal vez, ya.
Eso es.
Vivir.

Derribo

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
que aparecen
envueltos en niebla.

En esos momentos,
viajo al pasado subida en la memoria.
Consciente. Plena.

Allí todavía lloro por lo que se fue,
lo que no pudo ser,
lo que se fracturó
y me hizo añicos.
En cada lágrima,
allí, pero ahora,
no se me escapa la vida,
no me ahoga mi propia piel,
no me siento presa de la realidad.

Sí, lloro.
Y brotan los restos,
las reliquias,
la sombra de los recuerdos.
Porque cuando no queda nada
aún permanece algo.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
de terremotos emocionales.

Y al mirar atrás,
al recorrer los lugares
donde lo que fue ha sido devastado,
vuelve a temblarme
el suelo bajo los pies.
Aunque al llegar al precipicio,
doy un paso al presente
y hago camino hacia mí misma
sin caer en el vacío.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Huidiza, solitaria, rota.
Me encuentro a la intemperie
con lo puesto
y el mundo me ha helado.

Pero es solo el frío del invierno que se aproxima.

Noviembre

Noviembre llega envuelto en un tiempo cálido.
Pero es una trampa.
Los días que vendrán serán inciertos.
Y a mí la inquietud siempre me provocó
un escalofrío atravesador por el cuerpo.

Las ideas en mi cabeza se acomodan
para un invierno al que aún no le toca estar;
los huesos duelen pensando en el frío, conocido, que busca ya las orillas de la piel.

No habrá sol que me salve de la tristeza,
de la soledad, del hastío,…
de todas esas sensaciones indeseables
que se han apuntado como invitadas
a mi fiesta cuando no eran bien recibidas.

Acostumbrada a los abismos,
no consigo habituarme a la fragilidad de esta vida envuelta en niebla,
donde ya nada es como era,
ni se le parece,
ni se me antoja.

Noviembre es una trampa.
Y en este punto del juego,
yo ya no sé cómo ganar la partida.

Lobos

Me he sentado a mirar el cielo
como otras noches,
como otras lunas,
como la reciente vez,
como la última llena.

Allí, entonces,
como dos lobos
aullamos a la vida,
a la oscuridad,
al pasado donde no fuimos,
a los recuerdos que no quieren olvido.

Llanto salvaje, ternura feroz.
Y un deseo despiadado:
acabar con los amaneceres.

Solo en la nocturnidad
podríamos ser libres, animales, nosotros…
Tan nosotros.

Pero esta madrugada ha escuchado,
de nuevo, mis aullidos
como música en el silencio,
como plenitud entre tanto vacío,
como rebeldía en la sumisión.

Y eso es lo que nos queda:
el grito callado, solitario, vagabundo,
de una desierta noche.

Tiempos

Hoy el reloj juega con nosotros a la realidad imposible.
Nos quiere hacer creer que todo es distinto.
Pero nada ha cambiado.
Es otro domingo al que le pesa la memoria.


En el silencio de la madrugada
ha vuelto a sonar tu recuerdo.
Aquello que fue,
sin nombre y, al final, casi sin palabras,
ha traído a mi almohada un insomnio insoportable.
Se ha deslizado por mis sábanas el invierno
y me ha dejado un iceberg por corazón.
He temblado de frío.
De camino a mis mejillas se me helaron las lágrimas.
Mi labios no han podido saciar las ganas de beberse esta tristeza.
He temblado de nuevo. Otra vez frío.


Y miedo.


Ya no sé si habrá olvido que pueda contigo.
Tampoco si habrá presente que me deje ser.
Conmigo.
Ahora.
Porque cuando había conseguido equilibrar mis latidos,
ajustar el pulso a mis pasos,
soportar el avance de los tic tac,
han regresado las horas que tantas veces me destrozaron.
Las mismas; exactas a las del pasado.
Y es que aquí,
donde nada se ha transformado,
el caos también es el de entonces.
O, al menos, se le parece.