No son solo


Ahí están.
Sin esfuerzo.
Sin ruegos.
Sin riesgos (mas lanzadas).
De imprevisto.
Las palabras inesperadas,
tal vez perdidas, deambulantes
y, sin embargo,
llenas de esperanza,
latiendo presente,
pensando futuros inimaginables.
Ahí.
Escritas.

Me recreo en cada letra,
mi memoria las acaricia,
mis labios las besan al pronunciarlas.
Las leo.
En silencio.
Otra vez.

Entonces, se levanta de mi lado del sofá el frío.
Se para el viento.
Se derrite el hielo que congelaba mis sentimientos.

Marcharán ellas también.
Me abandonarán antes de que yo huya.
O huiré sin mirar atrás.
¿Quién lo sabe?
Caeremos en el olvido.
Nos perderemos con el paso del tiempo.
Se esconderán entre las que no significarán nada.

Pasarán.
Como todo.

Pero, mientras, me permitiré columpiarme un rato más en ellas:
Las palabras que no son solo palabras.

Tal vez, ya

Pintura de Manolo Maroto

Se termina el paseo despreocupado por los días de ilusión.
Me queda, sin embargo, continuar caminando por la realidad.
No habrá sendero de baldosas amarillas lleno de enigmas y sorpresas.
O, tal vez, sí.
Los sueños se empeñarán en dar más de una vuelta por la misma rotonda.
O, tal vez, ya no.
Tendrán que volver a hacer un stop las emociones y sentimientos.
Tal vez. Sí.
El semáforo podrá ponerse en rojo justo cuando esté dispuesta a pisar los charcos sin miedo a mojarme los zapatos.
Tal vez. Ya. No.

Podrá ser todo. O, tal vez, no. Pero algo será. Porque ahora huyo del vacío de la nada.

Será.
Ya sí.
Solo me quedará descubrirlo andando las aceras de mi existencia,
disfrutando, experimentando, sintiendo
los hallazgos que encuentre
al girar las esquinas,
al subir las calles,
al asomarme a precipicios,
al abrir ventanas conocidas,
al cruzar puertas nuevas,
al observar cuando mis pies quieran parar, frenar, descansar…
O, tal vez, cuando mis pasos entiendan que han llegado a su destino.

Vivir.
Tal vez, ya.
Eso es.
Vivir.

Derribo

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
que aparecen
envueltos en niebla.

En esos momentos,
viajo al pasado subida en la memoria.
Consciente. Plena.

Allí todavía lloro por lo que se fue,
lo que no pudo ser,
lo que se fracturó
y me hizo añicos.
En cada lágrima,
allí, pero ahora,
no se me escapa la vida,
no me ahoga mi propia piel,
no me siento presa de la realidad.

Sí, lloro.
Y brotan los restos,
las reliquias,
la sombra de los recuerdos.
Porque cuando no queda nada
aún permanece algo.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Mas quedan días
de terremotos emocionales.

Y al mirar atrás,
al recorrer los lugares
donde lo que fue ha sido devastado,
vuelve a temblarme
el suelo bajo los pies.
Aunque al llegar al precipicio,
doy un paso al presente
y hago camino hacia mí misma
sin caer en el vacío.

He derribado el muro de tristeza
tras el que solía vivir.
Huidiza, solitaria, rota.
Me encuentro a la intemperie
con lo puesto
y el mundo me ha helado.

Pero es solo el frío del invierno que se aproxima.

Ahí será

Cuando la vida parezca un rompecabezas.
Y la esperanza una utopía lejana.
Ahí será.

Cuando la soledad abandone.
Y no sea posible más vacío.
Ahí será.

Cuando el mundo se convierta en desierto.
Y los oasis no den tregua.
Ahí será.

Cuando el invierno devore al verano.
Y existan solo los domingos por la tarde.
Ahí será.

Cuando el pasado se haga presente.
Y recuerde todas sus ruinas.
Ahí será.

Cuando la piel se muestre sedienta.
Y se hayan secado todos los manantiales.
Ahí será.

Cuando los labios se agrieten de frío.
Y los besos que ardían se derritan.
Ahí será.

Cuando el cuerpo estorbe.
Y el corazón sobre.
Ahí será.

Cuando las palabras rompan.
Y los silencios hagan ruido.
Ahí, comenzará la poesía.

Soledad urbana

Vuelve a hacerse de noche demasiado pronto.
A horas que no le corresponde.
Entonces el silencio cae sobre ella.
Un silencio que retumba
y recuerda a un pasado cercano
que creíamos superado.

A veces, a lo lejos, el motor de un coche
me devuelve al instante actual,
a la vida anormal llena de normas.
Observo los edificios:
las persianas bajadas,
las ventanas cerradas,
metáfora de la huida de la realidad
que todos necesitamos.

Otra vez el refugio entre cuatro paredes,
la tarea de acomodarse a la propia piel,
la memoria como compañera de piso,
el susurro de pensamientos que atormentan,
la pregunta, futura, de cómo será cuando todo vuelva a ser.

Como colofón, esta existencia rara, haciéndose costumbre
en unos días que no reconocemos.
Ni nos reconocen.
Y en un mundo que no hubiésemos querido conocer.