Desayuno

Domingo.

Día desordenado:
sin inmediatos planes de futuro,
sin memoria de pasado.

Cualquier hora:
quizá la del albor,
tal vez, la que se acerca al mediodía.

El sol colándose por cada rendija,
calentando el hogar, dándole vida.
Aroma de café,
migas de pan,
ritmo de cubiertos.

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Apenas una vida

Algunos días le escribo al olvido.

Yo, que desde hace tiempo

-mucho tiempo-,

me aferro a los recuerdos,

deseando no olvidar lo inolvidable.

Lucho por la supervivencia

de mi memoria de niña, de adolescente…

Observo con ternura unas fotos

que han perdido brillo y color;

me ofrecen un instante irrecuperable,

la imagen que no volverá a repetirse.

Pero un día fue.

Escucho en plataformas digitales

la misma música que sonaba en discos de los 80;

es la misma con la que he crecido,

con la que me fui convirtiendo en quien hoy soy.

Los dos tarareamos los mismos estribillos.

Mas nos quedó bailarlos.

Me recreo en la caligrafía

de las letras de mi nombre,

en su significado.

Una elección oportuna,

antes, incluso, de que yo fuese.

Firmo alegría,

la tatúo en cuadernos y documentos,

la siento y la presiento.

A veces, hasta la atrapo y la hago mía.

Y mientras invento versos,

pienso en cuánto me gustaría que tus cuentos

nunca hubiesen tenido final,

en cuánto me gustaría

que siguieses inventando tardes de risa para mí,

abrazos que solo eran para mí,

miradas que solo se dirigían a mí…

La niña de tus ojos,

la que aún pregunta y escucha silencio,

la que vuela al pasado inventando otro presente,

la que recela de la vida desde sus cicatrices.

– “Y veinte años no son nada”, hay quien afirma.

Nada, pienso.

Apenas una vida.

Aquella que no viví contigo.

Tóxico

reloj

Miraba el reloj,

comprobaba que las manecillas funcionaban bien;

mientras, caminaba de un lado a otro,

con la impaciencia de quien espera a alguien,

con los nervios de quien quiere que la persona que espera

sea, precisamente, esa persona.

 

Sin embargo, en la demora de la compañía,

siempre acompañan los demonios,

pensamientos al acecho de tu propia inseguridad.

Tu ser contra ti.

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Antónimo

ventana

Llegó como a veces lo hace el invierno,

de un día para otro, sin esperarlo,

sin haber mudado la ropa del armario,

sin haber curado las cicatrices del pasado.

 

Tras el escalofrío inicial,

aquello fue como el rayo de sol que atraviesa persianas,

capaz de deshacerle la nostalgia a una tarde de domingo.

Luz, luz hasta en la madrugada.

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